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Capítulo 2

El límite

El oro y la memoria del sistema

La noche del 15 de agosto de 1971 no parecía destinada a entrar en los libros de historia.
Como cada domingo, prácticamente no había un hogar en Estados Unidos donde la televisión no estuviera encendida.
El último momento del descanso familiar, antes de empezar una nueva semana de trabajo.
El presidente Nixon apareció en la pantalla para anunciar una serie de medidas económicas destinadas —según explicó— a defender la estabilidad del dólar frente a la presión de los mercados internacionales.
Habló de especuladores, de la necesidad de proteger la economía estadounidense y de garantizar la estabilidad del sistema financiero.
Para muchos espectadores fue, más que nada, una molestia. Un mensaje presidencial que interrumpía el entretenimiento del domingo por la noche con explicaciones técnicas que parecían no tener relación con su rutina diaria.
Los hombres aprovecharon para reponer su cerveza y salir a tomar un poco de aire fresco en la calurosa noche veraniega.
Las mujeres llevaron los niños a dormir mintiéndoles que la interrupción iba a ser muy larga.
Cuando el presidente dijo la frase que constituía el nudo central de su mensaje, los televisores estaban abandonados en las salas desiertas.
“He ordenado al Secretario del Tesoro suspender temporariamente la convertibilidad del dólar estadounidense en oro”.
El anuncio duró pocos minutos.
Al terminar, para alivio de los televidentes, la programación continuó normalmente. Cada cual volvió a su lugar preferido.
A la mañana siguiente, un comerciante parisino dirigió la vista apenas un instante sobre el titular antes de pasar a la página de deportes.
En Londres, los diarios financieros comentaban el anuncio con cautela.
Algunos analistas intuían que se trataba de una decisión importante, pero pocos podían medir su alcance real.
En Buenos Aires, sentado en la mesa habitual de la ventana que da a la Plaza San Martín, un porteño madrugador hojeó “Clarín” distraídamente cuando el mozo le dejaba el infaltable cortado mediano con medialunas de manteca sobre la mesa.
En Praga, detrás del vidrio de un kiosco estatal, los periódicos mencionaban brevemente el anuncio de Washington. Para los lectores de la Europa socialista era una noticia del mundo capitalista, interesante desde el punto de vista ideológico, pero distante de su realidad cotidiana.
Para el ciudadano común, en cualquier lugar del mundo, la noticia seguía teniendo el mismo aspecto: un asunto técnico de economistas y banqueros.
La bolsa de Nueva York tuvo en la jornada inaugural del nuevo esquema la mayor alza de su historia.
Los mercados internacionales reaccionaron con un abanico de sensaciones que iban desde la indiferencia al recelo considerando la medida como unilateral y agresiva por parte de Estados Unidos.
La decisión se tomó un domingo por la noche.
El mundo empezó a conocerla el lunes por la mañana.
Y tardó una década en entender de qué se trataba.
Pese a que para la mayoría de los lectores era una noticia difícil de interpretar, la memoria colectiva americana se activó en un recuerdo común a todos.
Desde sus albores, el sistema monetario internacional había funcionado bajo una restricción simple: el dinero podía expandirse, pero en última instancia debía responder frente a lo que no podía crearse por decisión política.
La barrera infranqueable era la cantidad de oro que cada país tuviera como reserva disponible. A tanto oro, valuado a la cotización internacional, correspondía tanta cantidad de dinero emitido.
No porque el oro tuviera un valor mágico.
Sino porque alterar esa ecuación era un riesgo latente de incumplimiento. De faltar a la confianza recibida.
Existía un límite y se lo respetaba a ultranza. Esa práctica disciplinó al dinero.
Hasta que dejó de existir.
La historia que se cerraba esa noche de agosto, había comenzado casi cuarenta años atrás.
En 1933, en el punto más profundo de la Gran Depresión, el presidente Franklin D. Roosevelt tomó una decisión extraordinaria.
Mediante una orden ejecutiva, el gobierno de los Estados Unidos obligó a los ciudadanos a entregar sus monedas y lingotes de oro al Tesoro. A partir de ese momento, la posibilidad de que una persona presentara sus dólares y reclamara oro fue cedida, con exclusividad, a los bancos centrales.
Los mayores por haberlo vivido siendo adolescentes y los más jóvenes por haber escuchado las historias en infinidad de ocasiones, revivieron la escena de la gente, agolpada frente a los bancos para entregar el oro que atesoraban.
Las crónicas de la época describen escenas curiosamente tranquilas.
Hombres que llevaban pequeños sobres con monedas guardadas durante años.
Matrimonios mayores que entregaban las piezas heredadas de sus padres.
Comerciantes que abrían las cajas fuertes de sus negocios para cumplir con la nueva disposición.
No había dramatismo visible.
Los desconfiados y los nostalgiosos guardaron una o dos monedas como resguardo o como recuerdo.
Durante décadas el derecho de pedir el respaldo que era propiedad de los tenedores de billetes, había existido sin que casi nadie lo utilizara.
Era una garantía silenciosa.
Una promesa que rara vez necesitaba ponerse a prueba.
Y, con la misma naturalidad, los ciudadanos concurrieron masivamente a cumplir con su obligación de entregar lo que guardaban personalmente.
Dos caras de la misma moneda. Dos expresiones opuestas de la misma confianza.
Urgido por los requerimientos de la guerra, Roosevelt dictó en 1934 la Gold Reserve Act, llevando el valor de la onza troy de poco más de $ 20 a $35.
Este artilugio matemático le permitió aumentar de un plumazo su factibilidad de emitir dólares sin forzar la regla.
Al elevar el valor contable de las reservas de oro del Tesoro, de manera automática se incrementaba la capacidad de emisión.
Con una simple modificación del precio oficial del metal, el Estado fortalecía su balance y recuperaba margen para intervenir en la economía.
En 1944, cuando la Segunda Guerra Mundial se acercaba a su final, las principales economías del mundo se reunieron para reconstruir el orden monetario internacional.
Delegados de cuarenta y cuatro países aliados firmaron, en el hotel Mount Washington de la apacible localidad de Bretton Woods, situada en el estado de New Hampshire, un tratado que lleva el nombre de la ciudad sede.
El objetivo era ambicioso: reconstruir un marco monetario estable que evitara las turbulencias financieras que habían caracterizado el período entre las dos guerras mundiales.
La devastación del conflicto obligaba a reorganizar el comercio internacional y establecer reglas claras para las monedas.
En ese contexto, Estados Unidos emergía como la única gran potencia industrial intacta y con las mayores reservas de oro del planeta.
La nueva estructura colocó al dólar en el centro de la arquitectura monetaria global, al ser declarado moneda de referencia y de uso obligatorio en todo el comercio internacional.
Todos los países constituían sus reservas en dólares y sólo Estados Unidos mantenía la convertibilidad, reservada de manera exclusiva a los bancos centrales y los gobiernos participantes en el tratado.
El sistema conservaba todavía su ancla.
Durante las décadas siguientes, funcionó como si nada hubiera cambiado.
Pero su estabilidad dependía de que bajo ningún concepto ni en ninguna circunstancia se alterara la relación entre dólares y oro.
Con el paso del tiempo esa relación comenzó a deteriorarse.
El comercio internacional crecía rápidamente y el dólar se convertía cada vez más en la moneda de referencia para las transacciones globales.
Cada nuevo dólar emitido implicaba una promesa implícita: que el Tesoro de Estados Unidos debería entregar oro a los bancos centrales que así lo exigieran.
El crecimiento económico, el gasto público y las tensiones geopolíticas multiplicaron los dólares en circulación.
Las reservas no crecían al mismo ritmo.
Las contradicciones se hacían cada vez más evidentes.
A fines de los `50, el economista belga Robert Triffin había planteado su profundo “dilema”: “Si el mercado cuenta con una reserva fija y necesita más dólares para crecer, cada dólar adicional hace menos creíble la posibilidad de convertirse a oro”.
Para comienzos de la década de 1970 el equilibrio ya no podía sostenerse.
Fue entonces cuando Nixon tomó la decisión que el mundo escuchó aquella noche de agosto.
La vida siguió su curso.
No hubo protestas en las calles.
No hubo corridas hacia los bancos.
Nadie reclamó siquiera un período de transición en el que pudiera ejercer, por última vez, el derecho conculcado.
Sin embargo, ese anuncio cerraba una historia que llevaba más de un siglo.
La mayoría de las personas interpretó el anuncio como una medida técnica. Sin percatarse que el sistema monetario global perdía el límite que lo había disciplinado durante más de un siglo.
A partir de ese momento, la cantidad de dinero en circulación ya no dependería de un límite físico.
Era producto de decisiones humanas.

El oro nunca desapareció completamente.
Los bancos centrales siguieron acumulándolo.
Como si conservaran una memoria silenciosa del antiguo límite.