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Capítulo 6

La lectura

Una revelación incómoda

Los quiebres habían ocurrido.
Si 2008 fue una tormenta, 2017 parecía un plácido picnic de primavera.
El sol estaba en su lugar, los mercados funcionaban regularmente y la confianza, al menos en apariencia, seguía intacta.
En un contexto de tasas todavía bajas, el mundo disfrutaba de un crecimiento global sincronizado posibilitado por una volatilidad financiera en mínimos históricos y una confianza elevada en los mercados.
Casi nadie advirtió que un elemento nuevo se había instalado.
No interrumpía ni discutía. Simplemente estaba.
Algunos comenzaron a acercársele. Por mera curiosidad.
Había allí una lógica que no terminaba de encajar con las reglas asumidas por el resto.
Y, lentamente, ese grupo comenzó a crecer.
La entrada masiva de inversores minoristas provocó las primeras euforias en Bitcoin por sus subas de precio parabólicas.
Un movimiento apenas perceptible había comenzado su marcha.
Un nuevo actor comenzaba a absorber, de manera creciente, aquello que durante siglos había pertenecido a otros.
El picnic se prolongó un buen tiempo más.
En el segundo trimestre de 2017, la curva de absorción monetaria de Bitcoin cortaba a la baja tanto la del oro, como la del S&P 500.
Los cruces de 2017, no merecieron mayor atención de los analistas ya que, tomados aisladamente, podrían interpretarse como eventos puntuales.
Una anomalía. Un exceso, quizás.
Pero lo que ocurre después, cambia esa lectura.
En los meses posteriores al quiebre, lejos de corregirse, el fenómeno entra en una fase de consolidación creciente.
Las trayectorias no se tocan ni retroceden. Se separan.
De manera progresiva, casi metódica, la distancia entre ellas aumenta, reforzando la idea de que no se trata de un desvío momentáneo, sino de un desplazamiento en curso.
No se vivía ningún contexto de estrés que justifique un cambio de paradigma.
Hacia fines de ese año, aparece el fenómeno caótico de las ICOs (Initial Coin Offerings) que atraen una masa importante de sin regulación.
En respuesta surgen las primeras regulaciones y prohibiciones expresas.
Por contrario imperio, tanto la CME como la CBOE lanzan los futuros sobre Bitcoin. El primer puente hacia el sistema financiero institucional.
El precio de Bitcoin rompía la barrera de los $ 10.000
En el comienzo de 2018 la euforia parece terminarse.
La Reserva Federal aumentó las tasas de interés, lo que trajo como consecuencia una mayor aversión al riesgo, cayendo los valores del mercado especulativo de manera sustancial.
La desaparición de innumerables proyectos de criptomonedas, produce el colapso del mercado de las ICO.
Bitcoin cae con fuerza.
El momento ideal para confirmar que lo que había ocurrido fue un “amor de verano”
Por un momento, parece recuperarse una lógica conocida: los activos de riesgo se reordenan, las posiciones extremas se moderan y el mercado intenta “volver a su cauce”.
Ese episodio podría leerse —y de hecho fue leído por muchos— como la confirmación de que el quiebre había sido exagerado.
Una sobrerreacción.
Un exceso propio de un activo incipiente, aún inmaduro.
Pero es justamente ahí donde está el punto clave.
El episodio de 2018 no clausura el fenómeno.
Lo pone a prueba.
La prueba definitiva llega en 2020. Un virus pone al mundo “dado vuelta”
La actividad global se paraliza.
Nuevamente, se intenta sostenerla con emisión masiva.
En ese contexto, el sistema fue sometido a un test impensado.
La lógica misma de los precios pareció romperse.
El 20 de abril de 2020, el petróleo cotizó a valores negativos.
No cayó. No se desplomó. Valía menos que cero.
Quien lo poseía, en lugar de venderlo, debía pagar para desprenderse de él.
El mundo no estaba simplemente en crisis. Estaba, en muchos aspectos, fuera de su marco habitual de funcionamiento

Porque ese no era un caso aislado, sino la reexpresión de lo que sucedía con las tasas de interés.
El dinero y la energía compartían, por un instante, la misma lógica invertida.
El colmo de la paradoja: se pagaba por depositar, y se pagaba por no tener petróleo.
Era difícil imaginar una señal más clara de dislocación.
Durante años, buena parte de las críticas señalaban a Bitcoin como el candidato ideal para “no valer nada”
Sin embargo, en un contexto extremo, esas anomalías comenzaron a manifestarse en el corazón mismo del mundo financiero.
Aquello que se señalaba como una debilidad del nuevo actor empezaba a aparecer en los activos que, hasta entonces, habían definido la estabilidad.
Y mientras eso ocurría, Bitcoin no desaparecía, ni era absorbido.
Y lo más llamativo no fue lo que ocurrió en el momento álgido, sino lo que sucedió después.
Superada la fase más aguda de la pandemia, con la progresiva normalización de la actividad económica y la estabilización de los mercados, el fenómeno no se revirtió.
No hubo regreso al punto de partida.
No se produjo una recomposición que devolviera a cada activo su lugar histórico.
Bitcoin consolidó su posición como el de mayor absorción monetaria dentro del nuevo esquema.
Lo que había comenzado como un cruce silencioso en un contexto de aparente normalidad, había atravesado una corrección significativa, había resistido la mayor prueba de estrés en décadas, y había emergido de ella con mayor consistencia.
No parecía ser, entonces, un mero desvío.
Pero tampoco resultaba evidente cómo interpretarlo.
Porque si el fenómeno no podía explicarse como una anomalía transitoria, la pregunta dejaba de ser qué había ocurrido con Bitcoin.
Y pasaba a ser otra.
Más incómoda. Más difícil de responder.
¿Qué fue del sistema?