
Capítulo 8
La puja
¿Sustitución o coexistencia?
El capital, fiel a su forma silenciosa de tomar decisiones, comenzó a redistribuirse.
Cuando un determinado bien crece en su consideración y adopción lo hace, necesariamente, ocupando, el lugar de otro. Total, o parcialmente
No es la creación de un espacio nuevo, sino la redistribución del ya existente.
Cuando lo hacen de manera persistente y progresiva, dejan de ser una alternativa para convertirse en referencia.
Desplazando, en ese movimiento, a quienes históricamente cumplieron ese rol.
¿Implica esto una pérdida de su relevancia?
Sustituir no es convivir, sino desplazar. Y el desplazamiento ocurre cuando se ceden espacios hasta el momento propios.
A veces de manera abrupta, otras imperceptiblemente.
Pero siempre en la misma dirección. Transfiriendo la centralidad.
Porque no se trata solo de participar. Se trata de ocupar el centro.
Ser el activo al que el sistema recurre cuando necesita anclarse. Cuando le resulta impostergable volver a confiar.
Pero eso exigiría señales más claras, más contundentes. Cuando sólo hay indicios llamativos.
Gobiernos, bancos centrales y organismos multilaterales parecen advertir posibles tensiones y comienzan a tender puentes.
Sin dejar de mencionar a instituciones líderes que, habiendo desestimado inicialmente este fenómeno, comienzan a interactuar con él de manera competitiva.
Nada de esto constituye, por sí mismo, una confirmación. pero tampoco resulta irrelevante.
Tal vez no sean aún esas señales lo suficientemente definitivas para afirmar que reflejan un desplazamiento claro.
Pero no podemos soslayar que expresan que la estructura de confianza del sistema comienza a ser puesto a prueba.
Desde distintos frentes, al mismo tiempo.
Quizás porque, durante mucho tiempo, no compitieron en el mismo terreno.
Pero aun después de hacerlo, ningún sesgo puede arrogarse el carácter de “definitivo”.
Existe, de hecho, una tensa convivencia. Un nuevo actor en la mesa.
Dos activos no ocupan el mismo lugar sin tensión. Y cuando esa tensión aparece, deja de ser invisible.
Si ambos pretenden ser reserva de valor, o activo de riesgo por excelencia, la comparación es inevitable.
Y el capital elige. Siempre elige.
Elige en silencio, reordenando todo lo demás.
Pero, esta vez, la elección quizás no sea solo entre activos, sino entre formas de organizar la confianza.
Lo que está en juego no es únicamente dónde se resguarda el valor, sino bajo qué reglas lo hace.
Un sistema basado en decisiones discrecionales, frente a otro que pretende operar sin ellas.
Y esa diferencia, no siempre visible, también forma parte de la puja.
Bitcoin no tiene historia y, sin embargo, ha ido volcando poco a poco a su favor la elección del capital.
Es confianza. Ganada en un entorno donde los límites comenzaron a diluirse, y donde la expansión dejó de ser excepcional para volverse permanente.
Por primera vez en mucho tiempo, el sistema monetario no tiene un solo ancla.
Tiene, al menos, dos.
Si esto no es sólo especulación, y tampoco es claramente sustitución, estamos frente a un evento más difícil de definir.
Y, por lo tanto, de refutar.